Nok Niuk
Fotos: Julio César Hernández

Ecatepec, Estado de México. Clarea y hay que regresar a la faena: montarse al camión y vaciar la basura. Durante la fajina en el basurero, Lucio Martín Gutiérrez, el General, se topa con el guardián del monte: los restos de un ocelote que María, Yaocíhuatl o mujer guerrera, convertirá en un copili (penacho). Lo acicalará y cubrirá de negro; será criatura del Mictlán, tanto, como los guerreros durante la noche de muertos.

El General, el Rayo, el Nader y el Maraca fundaron el grupo de danza de inspiración prehispánica Nok Niuk (amigo, hermano en náhuatl). Los hermanos Gutiérrez legaron a sus hijos esa danza que convierte a los hombres en dioses. En el pasado, los adultos instruían a sus críos; ahora los jóvenes inician a niños y a viejos; la raíz sigue creciendo, dicen, aunque su representación responde más a los códigos del performance modernista que a la tradición.

El panteón de Iztapalapa los espera. Los cinco danzantes se pintan detalles en negro y blanco: la dualidad entre la noche y el día los hace temibles. Los pasos y el maquillaje sirven para asustar al enemigo. Se visten como guerreros, se atavían con la pechera y se coronan con el copili. Antes de ofrendar su baile, le piden permiso al horizonte y se limpian con el incienso. Con el alma desnuda y el corazón en los pies, temblará la tierra.

Inician con el paso más sutil, el que traza el vuelo de una paloma. Después, el más aguerrido, el de xipe, el desollado, despierta a los muertos. El combatiente huéhuetl –el tambor principal– golpea como el trueno y los ayoyotespresagianun diluvio.

Los guerreros bautizadosMictlantecuhtli, señor de la muerte; Xiuhtecutli, señor de fuego; Cuautle, el águila; Océlotl, el jaguar, y Xólotl, el perro descarnado, pisan más fuerte y gritan con la voz encendida. Los pasos nacen, no se obligan. Casi en trance se energizan. Ehécatl, alentado con la voz de guerra, no ha dejado de soplar. El frío no intimida, los danzantes siguen girando. Se detienen, viene el venado que no muere.

Mazatzinderrota a sus cazadores. El ciervo salió de la basura entristecido y pisoteado, se dejó aplastar, ya había sido olvidado. El General lo acogió y esta noche se entrona victorioso para ser adorado. Vivirá eternamente libre y divino.

Para el final llegará Huehuetéotl. El dios viejo del fuego iluminará ese camino que devolverá a los espíritus a sus tumbas, mientras los danzantes celebran con sus antorchas el incendio que abraza sus corazones. Nok Niuk baila por esa mágica comunión con el aire, el agua, la tierra y el fuego. Después llegarán los aplausos: no es un rito, es un espectáculo.

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